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Hace unos días empecé a leer un libro sobre la historia de la fotografía y me sorprendió leer una anécdota con poderoso mensaje: para conseguir algo primero hay que soñarlo (imaginarlo). ¡El poder de la imaginación!

En el libro el autor cuenta como en muchas ocasiones la imaginación se anticipa a cualquier intento científico. Hacia mediados del siglo XVIII un autor francés imagino imágenes en movimiento. El escritor era Tiphaigne de la Roche (1729-1774), que no paso a la historia de la literatura por su calidad literaria, sino más bien por su visión de futuro. Escribió varias novelas, una de ellas Giphantie, en la cual narra una serie de viajes fantásticos (hoy sería Ciencia Ficción). El protagonista se interna en desiertos que supuestamente estarían en lo que hoy es Guinea. Allí se encuentra en un “maravilloso jardín”, una isla habitada por “espíritus elementales”.  Uno de éstos le enseña las “instalaciones” y descubre una serie de paisajes que el considera reales, pero su acompañante le da esta explicación:

“… Sabéis que la luz reflejada de los distintos cuerpos forman cuadro y que estos cuerpos se graban en todas las superficies pulidas, en la retina del ojo, por ejemplo, en el agua, en los espejos. Los espíritus elementales hemos procurado fijar esas imágenes fugaces. Hemos compuesto una materia muy sutil, muy viscosa  y pronta en desecarse y endurecer, con la que se hace  un cuadro en un santiamén. Se recubre de dicha materia un trozo de lienzo que luego se presenta ante los objetos que se quieren pintar. El primer efecto del lienzo es el mismo del espejo. En el se ven todos los cuerpos vecinos  y lejanos cuya imagen puede aportar la luz. Pero lo que un espejo no puede hacer, lo consigue la tela, cuyo revestimiento viscoso retiene los simulacros. El espejo nos devuelve fielmente los objetos, pero no retiene ninguno. Nuestras telas también los restituyen fielmente y los conservan todos. Esta impresión de las imágenes es cuestión del primer instante en que la tela los recibe. Se quita en seguida y se coloca en una lugar oscuro. Una hora después, el barniz está seco  y se tiene un cuadro tan precioso que ningún arte puede imitar su verdad y que el tiempo de ninguna manera puede estropearlo.”

Un relato que nos da la sensación que este hombre ya había manejado una cámara. Un relato fascinante. Sin embargo, este autor no era científico, era médico y se adelantó a la creación de la primera fotografía casi un siglo antes. En el momento que este hombre escribió esto, los avances ópticos y químicos (relacionados con la fotografía) estaban llegando al final de su recorrido, solo faltaba alguien que los uniera y eso no sucedió hasta que Nicéphore creó la supuesta primera fotografía en 1816.

Quizá los pioneros de la fotografía sí leyeron Giphantie, quién sabe.

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Bibliografía:
Sougez, Marie-Loup (2011): Historia de la Fotografía, Ed. Cátedra, p. 13-14
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