Tags

, , , , , , , , , ,

MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA 

(Alcalá de Henares, 1557 – Madrid, 1616).

— Por el 400 aniversario de su muerte —

Miguel De Cervantes

Cervantes, considerado como uno de los más grandes de la literatura occidental y el más grande de la literatura castellana, vivió y murió pobre. Siempre buscándose la vida. Debemos quitarnos de la cabeza la imagen -que nos daría posteriormente el Romanticismo- de escritor o poeta como el intelectual encerrado en su paraíso, procedente de buena familia y visitado por las musas entre asientos de algodones y sedas, bajo el amparo de una brisa frutal en verano o arropado al calor de la chimenea en invierno. Todo lo contrario. Su vida fue una vida de idas y venidas, estrecheces, mudanzas y traslados, de ciudad en ciudad y pueblo en pueblo. Pero en la que nunca se rindió.

El peregrinaje comenzó ya en la niñez, cuando, junto con su familia, recorrió Sevilla, Córdoba, Madrid o Valladolid (éstas dos últimas siguiendo a la corte real). Y entre una y otra estudió lo que pudo, que aunque no sé sabe qué, sin llegar a los estudios universitarios. Pero esto no obstaculizó que el niño sintiera la pasión de los libros y las letras, y más concretamente, del teatro.

Creció y vivió, mejor dicho sobrevivió, entre truhanes, hidalgos venidos a menos, putas, picaros y rufianes; minorías -como gitanos y moriscos- escondidas para que no fueran expulsados; extranjeros desubicados sin saber qué hacer o qué ser tras una vida de batallas y guerras; mendigos y vagabundos; cohabitando en un ambiente de relajada moralidad.

Tras su breve carrera militar -que lo llevó a recorrer las ciudades italianas de Roma, Palermo, Milán, Florencia, Venecia, Parma y Ferrara, y de nuevo a Sicilia, Cerdeña, Génova y Lombardía (¿Se dejaría alguna ciudad italiana sin visitar?), y le dejo una mano tonta-, de la cual siempre estuvo orgulloso, quiso regresar a casa. Ante tan brillante pasado reciente y ante tan espléndido nombre de la galera (Sol), pocos hubieran augurado que dicho regreso habría de retrasarse cinco largos y penosos años.

Su barco, en el que también viajaba su hermano Rodrigo, fue capturado por piratas berberiscos y Cervantes fue encarcelado en Argel. A pesar de las penalidades y la miseria que un cautiverio supone, el autor demostró su carácter acomodadizo, decidido y valiente al tratar de fugarse en cuatro ocasiones, con sus correspondientes castigos físicos. Pero la libertad siguió trayendo miserias, pues ésta fue conseguida tras el pago excesivo que arruinó a su familia. Volvió a casa con la libertad en la mano, pobre y sin empleo.

En los siguientes años, el escritor pasaría años buscando empleo en la corte e intentando triunfar sin conseguirlo en el mundo teatral. Y cuando encontró por fin un empleo, éste le llevo a recorrer la Mancha y Andalucía, recaudando impuestos y requisando víveres para la Armada Invencible. Ya nos podemos imaginar la ardua tarea que debió ser recorrer esas caminos de fines del siglo XVII, en viajes interminables, caminando o en carreta, parando en posadas lúgubres con catres duros y mugrientos y recibiendo, encima, las hostilidades de los lugareños cuando les pedía dinero o les requisaba parte de los recursos obtenidos con su trabajo y sudor, para financiar guerras que nunca eran la última y definitiva.  Aventura esta que incluyó que fuera excomulgado y dos estancias en la prisión de Sevilla (supuestamente sin tener culpa alguna). En una de esas estancias se le ocurriría -según él mismo- la idea del Quijote.

Tanta carencia le llevo a decidir volver a Madrid y Valladolid, con el siempre empeño de trabajar en la corte. Aunque lo único que lograría sería aumentarla, al tener como vivienda un cuchitril sin apenas muebles, en un mal barrio, mal iluminado y poco higiénico -aunque esto era lo habitual para la época- y obligado a vivir, apiñados, con su extensa familia, que incluía a su mujer, sus dos hermanas (de costumbres ligeras), una hija ilegítima, una sobrina y una criada.  Mas fueron en estas condiciones donde logró terminar la primera parte de El Quijote (1605).

Portada de la edición madrileña de El Quijote (1605)

Y tanto esfuerzo fue recompensado con el inmediato éxito de su hidalgo en media Europa, convirtiéndose en lo que hoy llamaríamos “best-seller”. Triunfando tanto en su versión castellana (qué libro hoy en día podría lograrlo), como siendo traducido a los idiomas más importantes del momento: al inglés en 1612, al francés en 1614 (y, ya póstumamente, al italiano en 1622, además del alemán, holandés y ruso).

Pero ni siquiera con tan gran éxito la vida le libraría de su aciagas condiciones: engañado por su editor -que no le pago lo que le tocaba-, pirateado -el tal Avellaneda publicó la segunda parte sin permiso-, sin dinero y ya achacado por la vejez. Siguió viviendo en circunstancias penosas e inestables, viéndose obligado a cambiarse de casa hasta en cuatro ocasiones, ya en los últimos años de su vida. Y de nuevo aquí volvió a demostrar su entrega, energía y entusiasmo, tanto por la vida como por las letras, al terminar sus Novelas ejemplares, el Viaje al Parnaso, diversas piezas teatrales y la segunda parte de su famosísimo Quijote, con tales limitaciones, que muchos hubiesen aprovechado para poner excusas y no hacer nada.

Y es por esto. Por su lucha constante por lo que quiere y sueña. Por la supervivencia. Por no rendirse nunca aunque todo le venga mal dado. Por seguir teniendo sueños hasta el final de sus días, por lo que Miguel de Cervantes Saavedra se alza por encima del resto. A pesar de las penurias, de las dificultades y golpes de la vida, de las injusticias, de los reiterados fracasos, nunca dejo de intentarlo ni se dejo vencer. Hasta el final, hasta que consiguió crear, aunque sin saberlo, pero creyendo en lo que hacía, la obra cumbre de la literatura castellana.

Un hombre que era capaz de codearse con los más humildes y apestados del barrio hasta con las más altas instancias de la villa – hay están las dedicatorias de sus libros a duques y marqueses-. Capaz de despertarse en una litera inmunda tras una noche de borrachera hasta de componer el más bello soneto. Y de que a pesar de ser pobre hacía lo que le gustaba. Un hombre así se merece todos los honores que el mundo le brinda estos días, y del que yo quería aportar mi diminuto granito de arena difundiendo su vida con este perfil biográfico.

Un hombre del cual deberíamos aprender muchos de nosotros, que nos vemos atrapados en unas circunstancias que ya las hubiera querido él.

Fuentes:

  • Caso, Ángeles (2016): “El verdadero humanista”, Historia y vida, nº 577 (abril), p. 25-31
  • Rico, Francisco (2012): Tiempos del Quijote, Ed. Acantilado, BCN.

¡Y mañana… FELIZ DÍA DEL LIBRO!😉