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Reseña: Libros, buquinistas y bibliotecas. Crónicas de un transeúnte: Madrid-Paris, by Azorín (Ed. Fórcola,2014)

Portada del libro con una imagen central sobre paseantes en los puestos de buquinistas del Sena (Paris, 1955; George W. Hales). Aún hoy siguen estando en el mismo sitio.

José Martínez Ruiz, por todos conocidos por su seudónimo “Azorín”, (1873-1967) fue novelista, ensayista y crítico literario, además de colaborar en diferentes periódicos, no solo españoles. Junto al periodismo, la gran afición de Azorín fue la lectura, una lectura crítica y enriquecedora. Y sobre su pasión, los libros, este autor escribió muchos artículos, reflexionando sobre el mundo que envuelve la actividad lectora y al libro.

En este libro se han reunido, de la mano de Francisco Fuster y prologado por Andrés Trapiello, cincuenta artículos aparecidos en varios periódicos y en varios capítulos de libros, que cubren seis décadas de la vida de Azorín, con los cuales el autor colaboró, y en las que reflexiona acerca de su “enfermedad” -creo que a mí también me afecta y a muchos de vosotros también- de bibliofilia.

Esta obra se divide en cuatro partes: “Sobre la edición y difusión del libro”, “Sobre las bibliotecas”, “Sobre los libreros de viejo y las ferias del libro” y finalmente, “Sobre la lectura”. En todos estos apartados domina una crítica al sistema intelectual español; Azorín se obsesiona ante la inferioridad intelectual de su país, comparando constantemente el mundo del libro español con el francés, éste de más calidad y belleza. Y sobre esto el autor dice: «En España hemos hecho ediciones populares de clásicos en tal forma que causen desagrado y molestia al público a quien se destinan», y más adelante añade, «allá van libros -a la imprenta española-, todos iguales, los de un editor y los de otro, sin finura, hechos con falta de fervor, sin que se note el amor, la pasión del editor».

Dentro del “libro” (francés o español) abarca no solo al libro físico, sino al mundo que rodea a los libros, como son las bibliotecas, y su destino, -que debido «al papel deleznable, quebradizo, que ahora se emplea… las bibliotecas perecerán»-; los libreros -mucho más simpáticos los franceses que los españoles- y las librerías, tanto nuevas como viejas -amando las segundas más que las primeras, pues en éstas «sabemos lo que vamos a encontrar, no nos aguarda sorpresa alguna»-; las ferias de libros viejos, permanentes en Francia y abogando el autor por una permanente en España; no censurar la lectura de novelas adultas a los niños; de leer y de releer, algo que solo se hace en la “senectud” –«gustamos de despedirnos de los libros que nos han cautivado en la juventud»-; de la eterna crisis del libro, ejemplificada en esta pregunta que se hace el autor: «¿Cómo puede pensarse que la novela de usted, que no ha vendido nada, es mejor que esa otra novela, que constituye el éxito clamoroso del día?… Los editores no pueden separar el éxito de mérito».

Estas son algunas de las frases que más me han gustado del libro:

  • «La soledad es inseparable al libro».

  • «La obra de arte es producto de la irregularidad. No puede haber norma regular para la gestación artística. La obra genial se produce cuando quiere».

  • «El libro llega a ser lo que el alcohol para el beodo; no se puede salir de casa sin volver llevando consigo un volumen; no podemos pasar por delante de un puestecillo o de una librería, sin ponernos incontinenti a revolver libracos… ¡Terrible pasión! Luego, ya nuestro el volumen, pierde su encanto. Y ya estamos pensando en otro…».

  • «Devanear por entre los tableros atestados de libros… es un placer intelectual».

  • «En los bibliofilos como yo el libro va íntimamente ligado a la vida»

Es un libro muy recomendable para todo bibliofilo empedernido -los demás absténganse-. Leerlo para conocer lo que pensaba este autor alicantino de la pasión que nos domina también a nosotros y darnos cuenta que no estamos solos en esto. Además de poder ver como las cosas – tras más de cincuenta años- no han cambiado absolutamente nada. Son artículos escritos entre 1905, el primero, y 1959, el último, y todos los reproches que Azorín hace a la situación del libro en su época, son reproches que nosotros mismos podemos hacer hoy en día. Como reflejo de ello, Azorín se pregunta: «¿Habrá algo de lo que el Estado haga -y más con relación al arte, a la cultura- que no salga trastocado, torpe, negligente y desmañado?», a que os suena de algo. Son los artículos tal cual el escritor los redactó, así que podemos leer la escritura de la época. Pero a pesar de ser escritos periodísticos, Azorín usa un vocabulario cercano, expresando un pensamiento apasionado y crítico.

Solo dos únicos reproches a este espléndido libro. Hay una gran cantidad de fotos (sobre portadas de libros antiguos, sobre bibliotecas, sobre tenderetes de libros al aire libre, sobre personas leyendo…) y en ninguna aparece ningún pie de foto indicando que es lo que vemos. Me hubiera gustado conocer el nombre de ciertos lugares que aparecen en estas fotos. Lo segundo no sería un reproche, sino más bien la parte que menos me ha gustado del libro, que ha sido la última parte, “Sobre la lectura”. A mi entender es la parte más aburrida y tediosa, pues divaga un poco por “los cerros de Úbeda”.

¿Qué, a por él?

Saludos bibliófilos😉