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Rasputín con Alejandra y los hijos de ella.

La influencia que Rasputín tenía sobre Alejandra llegó demasiado lejos. En San Petersburgo los obreros se reían de su emperatriz y la imaginaban fornicando con el monje; carteles ilegales mostraban a las princesas desnudas junto a Rasputín. En la corte, los consejeros del zar le apremiaban para que expulsara al “monje loco”, como le llamaban. Nicolás II no tuvo más alternativa y en 1911 dejó de llamar a Rasputín a palacio. La zarina cayó muy pronto en un estado de nerviosismo y paranoia. ¿Y si Alexei se caía? ¿Quién iba a curarle si se hacía daño? No tuvo que pasar mucho tiempo para que sus miedos se viesen cumplidos. Mientras madre e hijo paseaban en carruaje, el niño se puso a corretear por los bosques de palacio, cuando tropezó y se cayó. Un golpe leve, a primera vista. Pero entonces empezó a sangrar.

Cuando llegó la noche, los alaridos del príncipe podían escucharse en todas las estancias del palacio. –Llámale. Llama al padre Grigori a palacio– parece que le rogó Alejandra a su esposo. Pero Nicolás no se decidía. Eran muchas las presiones que recibía de su madre y sus hermanas, de sus consejeros y del mismo pueblo ruso. Finalmente, la gravedad de su hijo lo llevó a llamar a Rasputín. Aquella decisión marcó, en muchos sentidos, el final de la dinastía. El monje volvió a palacio para consolidar todo su poder e influencia sobre la familia imperial. Una vez en las estancias reales, consiguió calmar nuevamente al niño y le curó. Alejandra no cabía en sí de gozo. Aquel hombre sólo podía ser un ángel o un santo.

La I Guerra Mundial llegó a todos los rincones de Europa en el verano de 1914. El continente se levantó en armas y el zar se unió a sus aliados. Toda Rusia se preparó para la batalla. Sin embargo, el gran imperio no estaba preparado para aquella guerra moderna. Así que Nicolás tomó una decisión trascendental: él en persona iba a dirigir el ejército en el frente. Ingenuamente pensaba que, si luchaba junto a sus hombres, infundiría el valor entre las tropas. Más bien, iba a convertirse en el responsable directo de todos los desastres que se avecinaban.

Para dirigir el país dejó como regentes a Alejandra y al omnipotente Rasputín. Ahora el monje tenía el control de Rusia, pues su voz se escuchaba a través de las palabras de la zarina. Y durante aquellos meses, limpió el palacio y colocó a sus fieles seguidores en puestos importantes de la administración. “¡Una auténtica revolución de palacio!” Ha dicho más de un historiador. Aquello fue demasiado para la nobleza rusa. Los grandes príncipes llevaban años sintiéndose humillados por un campesino y un estafador, así que llegaron a la conclusión de que Rasputín debía morir.

Retrato del príncipe Felix Yusupov

Una noche de diciembre de 1916, el príncipe Felix Yusupov, primo de los zares a la vez que un declarado homosexual y famoso por sus extravagancias, invitó a Rasputín a merendar. Lo que ocurrió durante aquella velada se ha convertido en una leyenda. El monje empezó a beber buen vino y a comer pasteles. Lo que no sabía era que todos esos manjares tenían veneno. De pronto se desplomó. Cuando Yusupov y sus amigos aplaudían por su triunfo, Rasputín se levantó furioso e intentó estrangular al príncipe. Comenzaron a dispararle, pero no se moría. Totalmente encolerizado, parecía incontrolable. Finalmente cayó al suelo inconsciente y lo metieron en un saco, lo llevaron en barco hasta el río Neva y abrieron un boquete en el hielo, lanzándolo a su interior. Su cuerpo apareció al día siguiente hinchado y sin vida.

Alejandra no soportó la muerte de Rasputín. Sumida en la ira y la melancolía, sólo quería castigar a los culpables. Mientras sus consejeros la apremiaban para que apaciguase las calles y calmase a la población, que estaba ya cansada de la guerra, ella sólo lloraba y juraba venganza. Finalmente, el caos llegó a todos los rincones de Rusia. La guerra estaba siendo desastrosa y Nicolás sólo acumulaba fracasos en el frente. Muy pronto, los obreros se levantaron en armas contra sus zares, desencadenaron una revolución y se dirigieron al palacio imperial.

Cuando Nicolás conoció las noticias, se puso en camino hacia la capital. Mientras tanto, su familia vivía el terror de la revolución. Los amotinados cortaron la electricidad del palacio y asaltaron las estancias principales, mientras la zarina se ocultaba con sus hijos. Finalmente el zar llegó a tiempo para calmar a los asaltantes, pero a un precio muy alto. Había llegado el final del zarismo. Ya era tarde para traer reformas y su hijo Alexei era demasiado pequeño para convertirse en zar. Así que Nicolás II abdicó y después de días de confusión cayó el imperio ruso. Durante los dos años siguientes, la familia imperial fue conducida de una casa a otra, sin hogar y sin rumbo.

Cuando los comunistas tomaron el poder, los antiguos zares y sus hijos pasaron a convertirse en una amenaza. Eran muchos los que soñaban con restaurar el viejo orden. Una noche, un grupo de soldados soviéticos entraron en la casa donde dormían y les ordenaron prepararse para partir. Alejandra y sus hijas se pusieron sus mejores joyas y se abrigaron, Nicolás y Alexei se vistieron de uniforme. Cuando iban a salir, les ordenaron que bajasen a un sótano para hacerse una foto que iba a difundirse por las ciudades para demostrar que la familia imperial estaba a salvo. Lo que allí ocurrió fue tan atroz que permaneció oculto durante más de medio siglo. Los disparos dieron paso a gritos de terror, y después el silencio. De ese modo, Alejandra y Rasputín, tan unidos en vida, vivieron el mismo martirio en la muerte. Su historia se convirtió en una leyenda y fueron muchos los que quisieron comprender las razones de por qué una emperatriz se había fijado en un monje siberiano. Las versiones difieren, cada historiador le ha dado su propio significado a aquella extraña amistad, pero lo realmente importante es que ambos perduraron en la historia y siguen hoy en día causando devoción y odio, fascinación y resentimiento…

Autor texto: Francisco J. García, Historiador.

Amistades peligrosas (I): La emperatriz y el monje

Saludos🙂