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A lo largo de la historia han aparecido personajes oscuros, individuos a la sombra de grandes estadísticas, reyes o políticos. Unos más famosos, otros más inadvertidos, pero todos ellos influyentes. En su mayoría porque consiguieron influir en muchas grandes decisiones, llegando a cambiar el curso de los acontecimientos. Entre todas estas relaciones de dependencia, hubo una que hizo correr ríos de tinta entonces y ahora. Las versiones difieren, los rumores son de lo más variopinto y su historia ha quedado teñida de una oscura leyenda, que los condenó para siempre.

Se trata de la emperatriz Alejandra de Rusia y su protegido, el monje Rasputín.  Ella era la esposa del hombre más poderoso de la Rusia imperial. Él el hijo de un campesino. Ella venía de la corte alemana, él se había criado en los campos de Siberia. Por tanto, todo hacía pensar que dos personas tan distintas jamás iban a encontrarse. Sin embargo, el destino iba a entrelazar sus vidas para siempre.

Alejandra Feodorovna, emperatriz rusa y esposa de Nicolás II, había llegado a un país  muy distinto a su hogar. Como zarina, tuvo que aprender la lengua rusa, su historia, adoptar la etiqueta cortesana y abjurar de su religión. Sólo el amor que sentía por Nicolás podía hacerle aquella vida más llevadera. Además, no encajaba en aquella fría corte imperial. Su suegra, la zarina madre María, sentía cierto desprecio por ella, sus cuñadas eran distantes y la nobleza no comprendía el carácter reservado de su emperatriz.

Rostro de Rasputín. Un hombre que fue amado, odiado y provocado miedo por partes iguales.

Mientras todo esto ocurría, muy lejos de allí, un joven Rasputín se criaba en los salvajes pastos de un pueblo siberiano. Desde joven se entregó a una vida de placeres desenfrenados, conoció el sexo precoz, bebió y se vio envuelto en peleas. Casado y con hijos, era cuanto menos un campesino rudo y desaliñado. Pero su vida cambió. Unos dicen que la visión de la Virgen le hizo renegar de sus placeres, otros que conoció la paz en un monasterio y decidió abjurar de sus vicios. Lo importante es que Rasputín se encaminó a la vida religiosa. Viajó, peregrinó y conoció otras culturas. Pero nunca abandonó el deseo; ingresado en una secta cristiana (jlystý), creía que para llegar a la fe, el dolor y el sexo eran necesarios. Y cumplió siempre con esa premisa. Finalmente sus pasos le llevaron a Moscú, y muy pronto se extendió el rumor sobre un hombre santo.

El 12 de agosto de 1905, el pueblo ruso estaba de celebración. Después de cuatro princesas, había nacido un príncipe heredero, un zarevich. Alejandra y Nicolás se sentían felices, en especial ella. Su amado Alexei llegaba como un regalo. Pero la alegría dio paso a la tragedia. El pequeño nació enfermo. Su sangre no coagulaba correctamente, por lo que una pequeña hemorragia interna podía matarlo. Pero lo peor era que, la hemofilia que padecía, la había heredado de su madre, que era portadora. A partir de entonces, se inició el calvario de la zarina. Su niño se moría y ella se sentía culpable. Cuando su dama de compañía le habló de un monje santo que obraba milagros, Alejandra exigió que lo trajese a su presencia. Los destinos de ambos personajes comenzaban a tejerse.

Alejandra de Rusia con su marido el Zar Nicolás II.

Cuando la zarina conoció a Rasputín, un hombre de larga y desaliñada barba, sucio y vestido con túnicas humildes, no pudo sentir otra cosa que repugnancia. Pero la desesperación pudo mucho más. Cuál fue su sorpresa cuando vio que aquel monje obraba el milagro. Sus palabras conseguían calmar al bebé, que después de horas llorando se quedaba dormido. Pero lo más sorprendente, la hemorragia se había curado.

A partir de entonces, Alejandra consideró a Rasputín un auténtico santo. Siempre lo quería cerca de ella, necesitaba de su consejo y lo convirtió en su confidente. La nobleza cortesana pronto se sintió fascinada y horrorizada por ver a aquel sucio monje codeándose con la realeza rusa. Por supuesto, no sabían la verdadera razón de Rasputín en la corte. La enfermedad de Alexei fue un secreto para todos pues, como heredero que era, no podía verse su debilidad.

Durante los años siguientes, Alexei creció con aquel hombre junto a él. Cada vez que el pequeño se hacía daño, se caía o se golpeaba, Rasputín calmaba su terrible dolor, le contaba historias que lo hacían dormir y conseguía lo que los médicos imperiales no podían: curaba la hemofilia del príncipe. De ese modo, Alejandra ligó cada vez más profundamente su vida a Rasputín. Si el starets –como ella le llamaba– estaba cerca, nada malo podía pasar. El propio zar recelaba de aquel hombre, pero sabía lo importante que era para hijo, pero también para la salud emocional de su mujer. Pues Alejandra empezó a desarrollar una dependencia casi total por él, hasta el punto de enfrentarse a aquéllos que denostaban o criticaban al monje. Muchos políticos que aconsejaron al zar alejar a Rasputín de la corte, fueron víctimas de la ira de Alejandra. Pronto crecieron los rumores. La zarina imperial tenía un amante. No era extraño que se pensase así. Rasputín disfrutaba del sexo en aquella vida de lujos y poder. No eran pocas las aristócratas que lo visitaban para conocer los misterios que escondía aquel salvaje ser. Pero todos los historiadores coinciden en que la relación de Alejandra y Rasputín jamás estuvo marcada por el sexo. Ella adoraba a su esposo, y en Rasputín sólo veía al salvador de su hijo, a una especie de enviado divino. Por su parte, el monje respetaba a aquella mujer, como a ninguna otra. Se aprovechó de su influencia, por supuesto, y utilizó a Alejandra para conseguir más poder. Pero respetaba a su zarina, a la que cariñosamente llamaba “madre”. Lo importante, después de todo, es que una amistad tan peligrosa marcó el principio de su tragedia…

Intrigante historia que continuara en el próximo post.

¿Os gusta la historia de Rusia? ¿qué parte es la que más te gusta? Cuéntanos¡¡¡¡

Saludos🙂

Autor texto: Francisco J. García, Historiador.