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El soldado Richard Courtney se sentía frustrado. Como el resto de compañeros de campaña, venía jugándosela en primera línea desde Normandía. Había traspasado el anillo de fuego alemán en las playas y había sobrevivido a la Línea Siegfried. Había luchado por ganar Aquisgrán y había vuelto a luchar por reconquistarla tras la batalla de las Ardenas. En esos momentos llevaba a cabo el registro de una casa rural al otro lado del Rin [es decir al otro lado de la línea enemiga], y aunque llevaba nueve meses luchando, todavía le costaba creer lo que veía. La casa pertenecía a un dirigente del Partido Nazi, y mientras pasaban de una habitación a la siguiente contemplaban boquiabiertos las extraordinarias colecciones de pintura, cristalería, plata y esculturas. Era evidente que el coleccionismo de arte estaba en boga entre la élite nazi.
Pero cuando el soldado Courtney se quedó de veras aturdido fue al entrar en el sótano y ver, apilados hasta el techo, una serie de cajones de la Cruz Roja destinados a los prisioneros de guerra que tenía el ejército alemán. ¿Para qué quería un alto oficial nazi galletas y tiritas? Cuanto más observaba las cajas, más crecía su cólera. Finalmente, agarró una palanca y empezó a romperá cosas: cajas, espejos, porcelana, obras de arte, candelabros. Nadie intentó detenerlo.
– ¿A qué ha venido eso?- le preguntó uno de sus compañeros cuando se le hubo pasado el arrebato.
El soldado Courtney dejó caer la barra y contempló la destrucción que lo rodeaba.
– Lo he hecho por los compañeros que están en los campos- respondió.

Queda claro en el relato anterior que en una guerra no hay un bando bueno y un bando malo. Una vez iniciada una guerra las barbaridades y los destrozos vienen de la mano de aquel que participa en ella, da igual el bando en nombre del cual luche.
Las cajas de la Cruz Roja, así como sus camiones, habían sido utilizados por los nazis en su huida para llevarse consigo todos los tesoros artísticos posibles; utilizados con el objetivo de disimular el expolio que estaban cometiendo. Por otro lado, el soldado del relato anterior, como hombre que era, al igual que lo eran los nazis, había sucumbido al instinto animal del hombre. Por tanto, se había puesto al nivel de los soldados nazis que habían expoliado esas mismas cajas.

Merkers (Alemania), 12 de abril de 1945. Momento en que varios generales del ejército estadounidense, entre ellos George S. Patton Jr y Dwight D. Eisenhower, encuentran un zulo donde los nazis escondieron obras de arte.

El texto en cursiva ha sido extraído del libro The Monuments Men de Robert M. Edsel (Booket), p. 322-333.