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Todos habremos visto alguna vez, ya sea en vivo o en fotografía, esta famosa escultura (bueno por si acaso hay alguien que no, pongo una foto aquí abajo).

La famosa Madona de Brujas, por suerte intacta

Esculpida por el capresani Miguel Ángel entre 1501 y 1504. Se piensa que fue llevada a Brujas (Bélgica) en 1506 gracias a la compra de unos mercaderes flamencos, por tanto, fue la única escultura que salió de Italia en vida del autor.

Eso es una parte de la historia de la obra. Ahora quisiera contaros otra parte de su historia, menos conocida. Nos situamos a finales de agosto de 1944, el Desembarco de Normandía ya quedaba atrás hacia varios meses,  y el ejército Aliando había roto el “Anillo de Acero” que rodeaba dicha ciudad, y dirigía su avance hacia el Este. El 28 de agosto liberaron Paris y el 2 de septiembre los Aliados llegaban a Bélgica. El enemigo había abandonado las armas y huía en dirección a su país. Sin embargo antes de irse se llevaron algo que no era suyo.

Brujas, altas horas de la madrugada, oscuridad máxima (por la prohibición de encender las luces para no dar pistas al enemigo) en las calles y en las casas. Unos golpes insistentes en la puerta de la sacristia de la catedra de la ciudad despertaron al sacristán. Al abrir encontró en la oscuridad más de una veintena de oficiales de la Marina alemana montados en varios camiones.

–          Tenemos órdenes – dijo el alemán-. Nos llevamos el Miguel Ángel para protegerlo de los estadounidenses.

El deán y el sacristán, ambos con ropa de noche, acompañaron, a su pesar,  a los soldados a la catedral y abrieron sus gigantescas puertas. A fuera, las calles presentaban un silencio contenido previo a un estallido.

–          No podrán sacarla de Brujas –le dijo el deán al comandante-. Los británicos ya están en Amberes.

–          No se crea todo lo que oye –repuso el alemán-. Todavía queda una vía.

Una vez dentro, actuaron con celeridad. Abrieron las puertas del cuartito donde escondían la escultura, construida ex profeso, brillando bajo los focos de sus linternas y mostrando la nobleza del rostro y las ropas de aquella radiante estatua de escala real, labrados por un genio del Renacimiento. El comandante dijo que solo quería contemplarla por última vez, ya que durante todos los años de ocupación había tenido una fotografía de la escultura en su mesa. Cuando terminó de admirarla ordenó traer los colchones para “protegerla” de las bombas aliadas puesto que «los estadounidenses no son como nosotros; son unos salvajes».

El sacristán se santiguaba y murmuraba plegarias, sin atreverse a mirar cómo la estatua se tambaleaba en el pedestal. Los marineros sujetaban el colchón mientras la estatua, de 1,20 m de altura, se deslizaba hacia delante, aunque el peso del mármol los derribó al suelo. Pese a la caída, la estatua seguía intacta, o eso parecía.  Mientras tanto, otro grupo de soldados empezaron a retirar cuadros indiscriminadamente hasta que tomaron con uno demasiado grande:

–          Éste es demasiado grande – gritó uno de los marineros-. Necesitamos una escalera más alta.

–          Baja la voz- ordenó el comandante-. Inténtelo otra vez.

La Madona ya estaba casi en la puerta.

–          Imposible, mi comandante- dijo el de la escalera.

–          Dejadlo ahí- dijo el comandate. Eran las cinco de la mañana y no había dormido en toda la noche. Todo por una estatua-. Olvidaos del cuadro, no es importante. Cargad todo lo demás.

Para subir la estatua a la caja del camión necesitaron otra media hora. Los soldados se apiñaron en el segundo camión y los cuadros en el tercero. Los tenues rayos del alba empezaban a acariciar el horizonte flamenco; desde el umbral de la puerta lateral, el déan y el sacristán observaban cómo la Madona de Brujas, la Virgen de Brujas, la Madona de Miguel Ángel desaparecía por el callejón derecho, posiblemente para siempre.

Ocho días después del robo y pocos días después de la entrada triunfal de los británicos en la ciudad, llegó Ronald Balfour, oficial de la sección de Monumentos, Bellas Artes y Archivos del ejército Aliado. Había faltado bien poco. La Madona se les había escurrido entre los dedos en alguna parte entre Brujas y mar abierto.  Lo único que le pudo decir al sacristán es prometerle que la encontrarían.

Por suerte, conocemos el final de la historia: hoy se conserva en la iglesia de la cual una vez fue extraída, sana y salva.

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Esta historia y otras más sobre saqueos y destrucción de obras de arte durante la II WW son contadas en el libro The Monuments Men, escrito por Robert M. Edsel y Bret Witter (2009). Los datos técnicos son de: Miguel Ángel. Pintor, escultor y arquitecto, editado por Angelo Tartuferi en ATS Italia Editrice (2004)